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44.- Dibujo Montilla desde Santo Domingo Lorenzo

Estampa identificadora de Montilla realizada desde el camino de Espejo a la altura del barrio de Santo Domingo. Por Lorenzo Marqués (1).

Hemos visto en un artículo anterior cómo, al morir don Pedro Fernández de Córdoba sin concluir la edificación del monasterio de los franciscanos, y heredado el Marquesado por su hija Catalina, esta quiso destinar dicho edificio a un convento para religiosas y reubicar a los frailes franciscanos en otro lugar de su elección.

Tras la instalación definitiva de las monjas clarisas en el edificio colindante con el Palacio de Medinaceli, los franciscanos eligieron la Huerta del Adalid para la ubicación de su nuevo monasterio. Este paraje, propiedad de doña Catalina, distaba de Montilla algo más de un kilómetro, y su localización no era casual. Así, tanto los franciscanos como el pueblo en general, y aun los propios nobles de la ciudad, pensaban que la existencia de acuíferos naturales cercanos a la zona otorgaría a esas tierras la posibilidad de obtener agua potable. En tiempos en los que la única manera de disponer de agua para beber era desplazarse hasta las fuentes situadas en el extrarradio de la población, la mera posibilidad de poder abrir un pozo en el propio domicilio propició que los nuevos pobladores de la localidad decidieran edificar sus casas en la zona situada entre el primitivo núcleo urbano y el nuevo Convento de San Lorenzo.

Se fue completando así el proceso de edificación de la calle Santa Brígida, comenzado en el siglo anterior, una de las vías más antiguas y de mayor longitud de la población, que sin embargo vio truncada su idea de alcanzar el convento de los franciscanos por el mismo motivo que propició su desarrollo. En efecto, la existencia de aguas subterráneas fue un hecho latente desde las primeras casas construidas, lo cual regocijó a sus propietarios. Sin embargo, algunas zonas eran tan húmedas que fomentaban filtraciones en las viviendas y alteraban las correctas condiciones de salubridad.

En el propio Convento de San Lorenzo, en palabras de Morte Molina, “la planta baja del mencionado edificio la hicieron en un lugar tan húmedo, que cuando fue á verle la primera vez la Marquesa causóle tanto disgusto, que no volvió a entrar en él, hasta que la llevaron para darle sepultura (sic)[2].”

Concluyó de esta manera ese primer “fallido” proceso de expansión de la ciudad hacia el noreste, que se reanudaría muchos años más tarde con la configuración de la barriada de Santo Domingo y la construcción del actual cementerio municipal.

La villa, una vez descartada la opción de crecimiento hacia el Convento de San Lorenzo, desvió su expansión hacia el sur y el suroeste, dirigiéndose hacia las salidas a Aguilar, Lucena y Málaga. En los alrededores del Camino Real de Lucena se va fraguando durante esta centuria dorada el popular barrio del Sotollón, cuya calle del mismo nombre partía de la confluencia de las actuales calles Enfermería, Santa Ana y Ballén; espacio conocido como Plazuela del Sotollón. Los vecinos prolongaron el crecimiento de la población hacia el sur a través de la calle Fuente Álamo, hasta alcanzar la ermita de San Roque, ya a las afueras de la villa, y construida con el objetivo de salvar a la población de las epidemias que pudieran venir con los visitantes. Esta arteria principal se fue anexionando de calles aledañas, que unirían el Sotollón con el barrio de San Sebastián, al este; y con la calle de Aguilar, al oeste, en un proceso evolutivo que alcanzó los primeros años del siglo XX[3].

 

[1]  Antología de estampas montillanas. Marqués Muñoz-Repiso, L. Ed. Manuel Ruiz Luque. Montilla,1982.

[2] Montilla; Apuntes Históricos de esta Ciudad. Morte Molina, J. II Edición, Nuestro Ambiente. Montilla, 1982.

[3] Para saber más sobre el barrio del Sotollón, recomiendo leer este artículo de Antonio Luis Jiménez Barranco en Perfiles Montillanos.

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