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Una vez destruido el Castillo en el año 1508, y con el perdón real concedido a la familia que gobernaba las tierras montillanas, el centro de poder se desplazó hacia la salida a Granada, en el ensanche final de la calle Torrecilla, donde la construcción del Palacio de los Marqueses de Priego inició un proceso de expansión que tuvo su mayor esplendor con el mandato de doña Catalina Fernández de Córdoba.

Catalina engrandeció el Palacio anexionando varias dependencias, lo que supuso la urbanización del actual Llano de Palacio, donde se ubicaron, además de la residencia palaciega, la ermita de San Blas [1], la Puerta de Granada o el Monasterio de San Francisco –muy pronto convertido en Convento de Santa Clara– e impulsó un desarrollo sin precedentes en la localidad, que siguió su expansión desde el nuevo complejo palaciego hasta la ermita de San Sebastián, que hasta entonces servía a la población como escudo frente a las epidemias que provenían de fuera. Era el primigenio germen del barrio de la Cruz, uno de los más populares de Montilla.

Pese a los desaires del primer Marqués de Priego y sus disputas con la Monarquía castellana, el Marquesado no cesaba en su progresión, y con ella, la de sus dominios. Montilla seguía siendo la capital oficiosa de un marquesado formado por las villas cordobesas de Aguilar, Cañete de las Torres, Castro del Río, Carcabuey, Espejo, Montalbán, la propia Montilla, Monturque, Priego, Puente de don Gonzalo -ahora Puente Genil-, La Rambla y Villafranca. Según González Moreno, en palabras recogidas por Rey García,           

“su única capitalidad radicaba en Montilla. Y este pueblo, primero lugar, luego villa y finalmente ciudad, es el centro de la política de aquellos magnates. La administración, el archivo y el despacho marquesal se establecen en su palacio, y no se mueve Ningún negocio en esta zona cordobesa sin que pase por Montilla.[2]

El poder que va adquiriendo la corte señorial de los marqueses atrae a la población a multitud de personajes: San Juan de Ávila, Fray Luis de Granada, San Juan de Dios, el Inca Garcilaso o numerosos artistas de Renacimiento Español establecen en Montilla su residencia, algunos hasta su muerte.

12.- Lámina vista oriental

Vista Oriental de Montilla. Lámina del libro “Atlante Español” de Bernardo Espinalt y García. Finales del XVIII. Biblioteca Nacional.

Saliéndonos del Llano de Palacio, a mitad del siglo XVI tuvo lugar un hecho muy importante para el posterior desarrollo de la población. Doña Catalina ordena construir una plaza al final de la calle Corredera. Hasta entonces, existía en las faldas del Castillo un espacio diáfano y pequeño, conocido como Plaza Alta, que se rodeaba con los principales edificios civiles del momento: Casa del Alcalde Mayor, Casa de Cabildo, Casas de Justicia y Cárcel, carnicerías, alhóndiga, pósito y varias otras tiendas. Catalina, ambiciosa y visionaria, decide que el espacio es insuficiente para una ciudad en auge y constante crecimiento, por lo que se construye, junto a la anterior, una nueva plaza adaptada a los nuevos tiempos. El cabildo compra, derriba y reestructura algunas casas para lograr, en 1551, la inauguración de la Plaza Nueva o Baja –actual plaza de la Rosa-, a la que asomaría el gran balcón trasero del edificio del Cabildo, actualmente ocupado con el Teatro Garnelo.

Cerca de este enclave, existía ya desde 1512 en la calle Corredera un hospital para transeúntes fundado por don Pedro Fernández de Córdoba. Este Hospital de los Remedios, que pasaría posteriormente a ocupar el edificio que actualmente acoge el Ayuntamiento, sería el germen del posterior Colegio de la Encarnación fundado por los jesuitas al amparo de la segunda Marquesa de Priego.

La rápida expansión de la población en este siglo provocó que las numerosas tierras de pasto y bosque que rodeaban el núcleo urbano comenzasen a labrarse. Se instalan talleres artesanales a lo largo de este núcleo y se produce la llegada de diversas órdenes religiosas, que terminaron por ultimar la gran expansión urbana de la ciudad en el siglo XVI. La llegada de los franciscanos impulsó, como he indicado anteriormente, la construcción del Monasterio de San Francisco, junto al Palacio, por expreso deseo del desterrado Pedro Fernández de Córdoba. No obstante, a la muerte de éste sin concluir la edificación del monasterio y heredado el Marquesado por su hija Catalina, ésta quiso destinar el edificio a un convento para religiosas y reubicar a los frailes franciscanos en otro lugar de su elección.


[1] En el terreno ocupado actualmente por un negocio hostelero, frente a las oficinas del INEM.

[2] Rey García, J. El Teatro en Montilla; Siglos XVI y XVII, mencionando el trabajo de González Moreno, J. “Montilla, capital del Estado de Priego (siglos XVI y XVII)”, en Montilla, aportaciones para su historia. Montilla, 1982.

 

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