La fundición «San Francisco Solano»: una industria singular en Montilla

Fotografía “Taller de foneria (fundición) de Barcelona” (1930); autor Josep Maria Casals i Ariet. (Fuente original aquí)

 

Aunque la agricultura ha sido tradicionalmente el principal motor económico en la provincia de Córdoba; la historia ha dejado algunas muestras de sectores fabriles relativamente importantes, como la fundición, principalmente de hierro, con su máximo apogeo a finales del siglo XIX y principios del XX. En Montilla podemos encontrar un ejemplo de este tipo de talleres con la Fundición San Francisco Solano, de las familias Alba y Olmeda.

 

Introducción: la industria de la fundición en Córdoba

La fundición de hierro no es más que un conjunto de aleaciones, normalmente de hierro y carbono, aunque puede incluir otros componentes, que se fusionan y tienen una gran moldeabilidad. Pese a que ya en la antigua China se fabricaban artilugios de hierro fundido, es el desarrollismo traído con la Revolución industrial lo que propicia que el hierro fundido expandiera su uso hacia el diseño y fabricación de puentes, maquinaria industrial o estructuras constructivas; lo que hizo que muchas ciudades comenzaran a instalar fundiciones para producir este tipo de elementos.

En nuestro país, la llegada de la máquina de vapor y posteriormente del ferrocarril impulsó el nacimiento de las primeras fábricas de este tipo con fines meramente civiles y no militares. Surgen así las primeras fundiciones en Andalucía, con “La Concepción” y “La Constancia” (1826) en Málaga; o “La Catalana”, un poco más tarde, en Granada.

Ya en Córdoba, en la segunda mitad del siglo XIX  se instalan en la periferia los talleres de fundición de hierro “La Merced” y “Las Margaritas”, que serían el germen de toda una generación de fundidores de la ciudad. En esa época aparecerían también las primeras fundiciones de plomo, no solo en la capital cordobesa sino en algunos puntos de la provincia, como en Pueblonuevo del Terrible –hoy Peñarroya-Pueblonuevo–.

En la capital cordobesa, la Fundición San José o Fundiciones Alba, erigida en la actual avenida de Ollerías por el herrero montoreño Bernardo Alba Romero –inventor según la Oficina Española de Patentes y Marcas de un “propulsor helidinamométrico” en 1896– pasa a manos de su hijo Bernardo Alba Pulido, quien se alía con Emilio Olmeda para formar la sociedad “Martínez y Olmeda”. No se demoró demasiado el desencuentro entre ambos y el Sr. Olmeda se trasladó a Montilla, donde continuó sus labores de fundición[1].

Parte de prensa hidráulica de Fundición Fernando Encina. En Bodegas Alvear, S.A.

Las familias Alba y Martínez mantuvieron sendas fundiciones a tan solo unos centímetros de distancia en Ollerías. Los primeros cerraron definitivamente Fundiciones Alba en mayo de 1979, legando toda una estirpe de obreros del hierro y, a la postre, unos verdaderos emprendedores de inicios del siglo XX. Así, de la misma forma que Bernardo inauguró “San José” en Córdoba capital, otros familiares regentaron sendas fundiciones en Montilla y Pozoblanco. En 1932, antes de su desembarco en Montilla, el Ayuntamiento adquiere a la casa de Bernardo Alba de Córdoba una caldera de doble calefacción con destino al Matadero público[2], de al precio de 965 ptas.

 

La singularidad de la fundición en Montilla: Taller San Francisco Solano

La industrialización en Montilla vivió momentos de grandes altibajos en la primera mitad del siglo XX; además de los problemas nacionales, la economía local se resentiría durante toda la centuria por la escasez de agua, acuciante hasta los años 70; la falta de planificación y suelo industrial en la localidad; las dificultades en el acceso al crédito o la emigración de jóvenes.

No obstante, ya en 1918 podemos vislumbrar los antecedentes de la fundición, cuando el Alcalde propone que “se lleven a cabo en el Matadero Público las obras necesarias para instalar una caldera de vapor en atención a que esta mejora ahorra un setenta y cinco por ciento de combustible a cuyo fin se hace preciso se apruebe una factura por valor de seiscientas pesetas importe de mencionada caldera que presentan los constructores Señores Encina Rey y Compañía[3]”. Parece que esta caldera está funcionando hasta agosto de 1935, cuando se encarga otra caldera a una empresa foránea por el deficiente estado de la anterior.

Es recurrente el nombre de Fernando Encina Rey como proveedor del Ayuntamiento, aunque sin especificarse en las Actas Capitulares el concepto exacto de la provisión: “efectos para el Matadero” (AMM AC 16/02/1920); bajo la denominación de Señores Encina y Compañía: “trabajos y aparatos del Matadero” (AMM AC 23/01/1922); o herreros Encina y Compañía: “trabajos en dependencias y mobiliario del Municipio” (AMM AC 20/03/1922).

Con el impulso de la industria de la fundición y al amparo de la compañía de Encina-Rey, en Montilla abre sus puertas la fundición “San Francisco Solano” –conocida en el municipio, simplemente, como La Fundición. Ocurrió en 1922 y el frente del taller se colocó a Emilio Olmeda Almengol, que procedía de otras fundiciones de la capital cordobesa, como vimos anteriormente. Los impulsores y socios de esta factoría montillana eran personas ligadas al mundo empresarial de la localidad: José Naranjo Ruz, Manuel Velasco Chacón y el propio Fernando Encina-Rey Nevado.

Si bien Encina-Rey procedía del sector, parece ser que el resto de socios, de sobra conocidos en los sectores bancario o vinícola en Montilla, podría tener la inversión como único interés en el nuevo taller; si bien poco después de su apertura quedó Encina-Rey como único propietario de la compañía, como se comprueba en la publicidad realizada por el taller en 1928. Precisamente este vecino es uno de los primeros en disponer de vehículo propio en la localidad, un Ford domiciliado en calle La Parra[4] y que posiblemente alternara su uso particular con fines comerciales para la fundición.

Más allá de esta anécdota, en los años 30 se traspasa la fundición a Emilio Olmeda Almengol[5] y Andrés Alba, quien actúa en un primer momento como apoderado de la empresa según publicidad de 1933, que define los talleres como propiedad de Emilio Olmeda, quien dirige aquellos “auxiliado por su apoderado, D. Andrés Alba”. En los años 40, los anuncios de la empresa nos muestran ya a Alba como parte de la sociedad, nombrándose “Olmeda y Alba, SRC”, por lo que posiblemente durante estos años se oficializara legalmente la llegada de Alba a la propiedad de la empresa[6].

Fotocomposición con varios anuncios de los Talleres San Francisco Solano, con la evolución de su denominación mercantil. Elaboración propia

No obstante, la presencia en la localidad de la familia Alba es evidente desde 1928, fecha en que el índice del Padrón Municipal muestra como vecino a Andrés Alba Zorro, en calle Santiago; del mismo modo que empadrona a Emilio Olmedo en la calle Dámaso Delgado. Dos años más tarde, el Padrón de 1930 sitúa en calle Parra a Andrés Alba Zorro, herrero natural de Montoro, que lleva en Montilla 3 años. En cualquier caso, ambos industriales llevaban tiempo afincados en Montilla, probablemente ligados a los trabajos del taller de fundición que después regentarían en propiedad.

Pese los sucesivos traspasos, la fundición conserva en todo momento su nombre comercial, “San Francisco Solano”. De los 6 trabajadores iniciales, la empresa llega a alcanzar una plantilla de 30 obreros en sus años más boyantes. Los propietarios Alba y Olmeda no dejan de acudir a la fábrica, realizando incluso ellos mismos trabajos de fundición y siendo directamente los máximos responsables de algunas de las líneas de trabajo del taller.

 

Máquinas y ensambles de fundición

Desde sus inicios, la Fundición construye maquinaria agrícola e industrial, generalmente instrumentos asociados a la industria agroalimentaria montillana: vinos y aceites. Del taller San Francisco Solano salen prensas hidráulicas, vagonetas, montacargas, molinos, norias, aperos agrícolas, engranajes y piezas mecánicas, etc. para toda la comarca. Se fabrican también todos los repuestos necesarios para la reparación de dicha maquinaria, tarea en la que se empleaba gran parte del tiempo de trabajo en la fundición. Es posible que en los primeros años se fabricara alguna campana de hierro fundido en sus talleres. También se conservan pequeñas piezas de decoración o de remate de elementos constructivos.

La Fundición era proveedor habitual del Ayuntamiento en estos años 30 y 40. En julio de 1931 se aprueba por el Pleno una cuenta de Emilio Olmeda “por trabajos de herrería para el motor Pozo Dulce”. Igualmente, se hace lo propio en febrero de 1932 “por arreglo de la bomba de la cárcel”. Idem en sesión de 20/03/1933, “por cueros para la bomba de la fuente de Santa María”, por 6,75 ptas. La Comisión Permanente hace lo propio con una cuenta de 3.185 ptas por “construcción e instalación de cuatro indicadores metálicos a las entradas de la población[7]

Cuando se construye el grupo escolar en el antiguo solar de las pescaderías, el taller realiza en el mismo diferentes trabajos. En sesión capitular de 7 de mayo de 1934 se aprueba una cuenta de Emilio Olmeda Almengol de 12,50 pesetas “por trabajos de herrería en el grupo escolar de Las Pescaderías”. Más adelante, en octubre de 1940, vuelve a encargarse material y trabajos de herrería en el mismo grupo escolar, entonces “Miguel de Cervantes”.

Cabeza de caballo de fundición, probablemente como remate decorativo de algún elemento constructivo. Procedente de Fundición Olmeda; colección privada.

Igualmente el Ayuntamiento encarga trabajos en la caldera del Matadero y en la bomba de la Fuente de Santa María; la “instalación del aguas en el Paseo de Cervantes[8]o la confección de un depósito de chapa para el autotanque de riegos, por 3.100 pesetas[9]. Muchas de las rejillas y tapas de alcantarilla que en la época se colocaron en Montilla salieron de los hornos de la Fundición: calles Víctor Pradera (ahora Santa Ana), San Francisco Solano, Zarzuela Baja, General Franco (Fuente Álamo), Ballén, Dámaso Delgado, Gran Capitán, Teniente Torres del Real (Cuesta del Muladar), Pozo Dulce…

En sentido inverso, el municipio vende a Emilio Olmeda Almengol, “para necesidades de su fundición”, “trozos de columnas, retazos de bancos de los paseos y otros de diferentes hierros, todo inservible con un peso de 996 kilos fundido y 149 kls dulce[10]

En estos años 30 y 40 trabajaban otros herreros para el Consistorio: Antonio García Mora, Ángel Arce Velasco, Rafael Carbonero Salas, Ángel Márquez Aguilar, Alfonso Parra Díaz y, poco más adelante, Francisco Solano Molina Luque. Posiblemente por la implantación de otras industrias, y pese a que la Fundición no termina por desaparecer de las cuentas públicas municipales, sus trabajos se centran sobre todo en encargos privados.

Muchas de las empresas agroindustriales de la zona dirigieron a ella la adquisición de estos suministros y piezas para maquinaria. Así, en la olivarera Santa Ana, inaugurada en 1930 tras una inversión de medio millón de pesetas, tanto la máquina de vapor como la eléctrica que se usaban en la fábrica estaban construidas por los talleres de “la Fundición”[11]. Especial relevancia cogió el termobatidor vertical, así como su prensa de motor para uva, que fue muy bien acogida por las bodegas de la zona y que, por su elevada potencia, sigue siendo utilizada en procesos de elaboración de vino Pedro Ximénez.

Si atendemos al testimonio escrito de Julián Ramírez, empresario de la localidad y durante muchos años miembro de la Corporación Municipal, la Fundición equipó e instaló en Montilla fábricas de curtidos, como la de Nicolás de la Torre; además de realizar maquinaria diversa para las de Mariano Amo, Manuel Hidalgo, Rafael Afán, Francisco Luque y viuda de Santiago Navarro.  Hizo también maquinaria específica para algunas conocidas bodegas: la Monumental de Alvear, Cruz Conde o Tomás García, en Montilla; Bodegas Delgado, en Puente Genil; o Carbonell en Córdoba[12].

Bomba manual de Fundición Emilio Olmeda. En Bodegas Alvear, S.A.

En el Boletín Oficial de la Provincia de Córdoba de 4 de mayo de 1965 se anuncia, en el proceso de subasta de bienes de un conocido industrial aceitero de la localidad, la inclusión en el inventario de dos descobajadoras marca Olmeda y Alba, tasadas inicialmente en diez mil pesetas. Estas máquinas consistían, básicamente, en unas pisadoras de uva para separar el fruto de su raspón o escobajo y producir el primer mosto.

Aparte del hierro fundido, el taller trabajaba otros elementos como el cobre, con el que realizaban los sellos de las bodegas, o el aluminio, en menor medida; así como con aleaciones, principalmente bronce. No obstante, los trabajos con estos materiales son poco relevantes respecto a los realizados con hierro, que ocupa la mayor parte de la producción y cuyos hornos son de mayor capacidad. En todo caso, los trabajos de fundición de hierro y de otros metales eran similares, por lo que no había distinción entre los obreros en ese sentido, como tampoco la había prácticamente en las herramientas auxiliares empleadas o en la propia maquinaria, más allá de la separación de los distintos hornos.

En la VII Exposición Nacional de Industria y Artesanía de Montilla, celebrada en las instalaciones de la antigua CEPANSA en 1957, el stand de Olmeda y Alba, S.R.C. obtuvo Diploma de Honor, medalla y copa CEPANSA. Un año más tarde, también hubo expositor de Olmeda y Alba, bajo el enunciado “prensas hidráulicas para Bodegas y Molinos”.

 

El taller de la fundición

El taller ocupó siempre el mismo solar. Primero en el número 56 de la calle La Parra; tras una renumeración, La Parra 53 y 55; tras el cambio de nombre por la Guerra Civil, calle Portugal 45. El número de teléfono, cuando los prefijos eran cosa del futuro, era el 117. La fábrica constaba de 3 espacios consecutivos y un patio central. La estancia más próxima al acceso por calle La Parra consistía en una zona de trabajo, de aproximadamente 120 metros cuadrados, con varios tornos y la mesa de taladro, así como un pequeño espacio destinado a oficina y otro a almacén; situándose en una entreplanta superior  el taller de modelaje y el almacén de modelos ya realizados.

A continuación de esta primera estancia, en una segunda de menores dimensiones se encontraban 2 tornos más, la fresadora y un banco de trabajo para las tareas de ajuste. Desde esta zona se accedía al patio, donde se encontraban los hornos, uno para hierro y otro para el resto de metales y aleaciones empleadas en el taller. Gracias a unas escalerillas se accedía a la plataforma elevada desde donde se cargaba el hierro y el carbón del horno principal. Igualmente, en este patio se distinguía una zona de fragua, así como otras diferenciadas para la estufa de secado rápido y el cuarto de los motores. Esta fábrica funcionaba con un solo motor eléctrico, disponiendo de otro alternativo de gasoil para situaciones de falta de suministro eléctrico, no poco frecuentes en algunas etapas de su existencia.

Finalmente, la parte trasera de la fábrica albergaba la fundición propiamente dicha, con una amplia zona de moldeado donde se realizaban las coladas y se dejaban secar antes de obtener el producto final para el cliente.

Levantamiento planimétrico aproximado de la Fundación. Realizado por Carmen Ruz Gracia siguiendo indicaciones de Mariano César Luque.

 

Las duras condiciones de trabajo en la fundición

Es fácil suponer la dureza de los trabajos de un taller de este tipo, donde se soportaban temperaturas extremas (el punto de fusión del hierro se sitúa en torno a los 1.500 grados), trabajos de peso o riesgos de quemadura. En las labores de taller, el propio proceso de fundición apenas duraba una o, muy excepcionalmente, dos jornadas de trabajo. El grueso de los trabajos consistía en la creación de los moldes, fundamentalmente de arena en el caso de la fundición de Montilla. Tras varias jornadas de modelado, que podía llegar a tomar más de un mes de trabajo, se procedía al vertido del hierro fundido en los moldes, para obtener las piezas finales.

Existían varias herramientas para verter hierro en dichos moldes. Con la “cuchara” individual, un solo obrero podía trabajar con 30 o 40 kilos de hierro para piezas pequeñas. Para labores de mayor envergadura se utilizaba una “olla” o caldero que, con capacidades cercanas a los 200 kilos de peso, precisaba la participación de 4 o 5 trabajadores para realizar la colada; es decir, verter el hierro en los moldes.

Era tal el esfuerzo que había que realizar en el momento de la colada o fundición que, independientemente del día de la semana en que se realizara, se solía dar descanso a los obreros la jornada siguiente. En todo caso, se intentaba que estos trabajos de colada tuviesen lugar los viernes o sábado, para que aquella jornada libre coincidiera con fin de semana y cuadrar el descanso de los jornaleros con el enfriamiento de las piezas moldeadas.

Momento de la colada en Fundición Vicente Miró. Años 30. Procedente del Portal del Patrimonio Documental de Alcoi

Una vez enfriadas y solidificadas las piezas de la colada, quizá una de las etapas más críticas del proceso ante la posibilidad de que aparecieran grietas o roturas en las piezas por un desigual enfriamiento, los trabajadores realizaban las tareas de desmolde, desbarbado, acabado y limpieza, eliminando cualquier resto o impureza del procedimiento y obteniéndose el producto final.

Habitualmente, el domingo era el único día de la semana que no se trabajaba. Los jornales se abonaban semanalmente. A modo de ejemplo, el salario de un aprendiz de tercer año en 1965 era de unas 25 pesetas diarias, lo que dejaba una paga semanal de 150 pesetas, normalmente cobradas el sábado.

En la escala profesional del trabajo de fundición, quien superaba los tres años preceptivos de aprendizaje pasaba a la categoría de peón. Aquellos obreros que demostraban destreza en sus funciones podían aspirar a ser considerados oficiales: de primera, segunda o tercera, con sus lógicos aumentos salariales. Por otra parte, el propio obrero debía aportar algunas de las herramientas básicas de trabajo, tales como brochas, espátulas, cucharillas, ganchos de sujeción, etc.

 

El final de la Fundición

En 1954, el Perito Industrial Emilio Canalejo Olmeda fue nombrado[13] técnico encargado de los trabajos que por parte del Ayuntamiento se contrataron “para la revisión e inspección de calderas de vapor, motores, transformadores, etc”, sujetos a un nuevo arbitrio municipal. En 1955 se vuelve a confiar en el Sr. Canalejo para estas tareas inspectoras para el cobro del arbitrio, gratificándose con 2.000 pesetas por los trabajos realizados[14]. Se repite esta designación hasta, al menos, 1958, fecha en que se doblan los emolumentos.

Emilio Canalejo, nieto de uno de los impulsores de la Fundición, debía de desplazarse en motocicleta para realizar estos trabajos, a la vista de la cuenta que en noviembre del 57 se aprueba por la Comisión Permanente: “Un recibo de García Cerrillo, por gasolina suministrada para la moto del Perito de Motores[15]

Coindicen estos trabajos periciales con la decadencia de la Fundición. La crisis generalizada en el país y las nuevas formas de producción de maquinaria, unido a los problemas locales para el desarrollo de la industria, provocó que el final de este taller fuese inevitable en los años 60. Un documento de 1959 conservado en el Archivo Municipal evidencia la crisis económica en la empresa, que justifica su necesidad de despedir a casi la mitad de sus trabajadores, entonces rondando la veintena. La empresa, con más de 40 años, se ve obsoleta y con maquinaria antigua, con algunos tornos del siglo XIX.

Pese a la crisis y las penosas condiciones laborales en una industria de este tipo, la familia Alba estuvo vinculada a la dirección de los diferentes trabajos hasta la disolución del taller. Así, en los últimos años, los hijos de Alba Zorro se ocuparon de dirigir tareas operativas: Cristóbal Alba Soriano fue encargado de la sección de fundición; siéndolo de la de mecanizado su hermano Juan, que en la etapa final del taller tomó el relevo de su también hermano Pedro. Este último abrió posteriormente su propio taller de mecanizado al final de la calle Fuente Álamo, haciendo esquina con calle Burgueños. Juan Alba Soriano, por su parte, regentó otro taller en Llano de Palacio hasta su jubilación, trasladándose a Málaga posteriormente.

Muestra de herramientas utilizadas en un taller de fundición de hierro

La Fundición cerró definitivamente las puertas de su taller en calle La Parra, entonces Portugal, mediado el año de 1967, bajo la dirección de los hermanos Alba Soriano y el siempre atento cuidado de Emilio Canalejo Olmeda, nieto del también antiguo propietario. Terminó con ello la historia de la fundición en nuestra ciudad, que vio cómo otros sistemas de fabricación industrial, principalmente los talleres de mecanizado, ocuparon el lugar que anteriormente había tenido la Fundición Olmeda y Alba –Alba y Olmeda, en algunas inscripciones–.

Emilio Canalejo fue en 1968 uno de los promotores de la Escuela de Aprendizaje Industrial de Montilla, origen del Instituto de Formación Profesional y actualmente Instituto de Educación Secundaria que, desde su jubilación durante el curso 1993-1994, lleva su nombre como homenaje a uno de sus principales valedores. De la misma forma, Pedro Alba Soriano formó parte del primer elenco de profesores de esa primera Escuela Industrial de Montilla, dando clases de Torno, Fresa, Ajuste y Soldadura Eléctrica en la rama de Metal.

Sin duda, dos grandes maestros para alargar las esencias más íntimas de la Fundición San Francisco Solano e inculcarlas, aun en forma de recuerdo, en los procesos de aprendizaje de las nuevas generaciones de herreros e industriales de la localidad.


Nota del Autor: Mariano César Luque, industrial jubilado, trabajó como aprendiz en la sección de moldeado de la Fundición Olmeda, entre 1963 y 1966. Pocos meses después de dejar el trabajo en la empresa, esta cerró sus puertas. Agradezco a Mariano su pasión por este oficio y su desinteresada colaboración para esta investigación. Igualmente a Luis Arcas, por incitarme a la misma y prestarme sus indagaciones previas; a Andrés Alba por acoger con cariño este recuerdo a un buen trozo de memoria de su familia; y a Paco Vílchez, por facilitar las cosas.

 


BIBLIOGRAFÍA

Escudero, A.,  Parejo, A (2015): “La siderurgia malagueña (1899-1924)”, Revista de Historia Industrial, núm. 58 (Especial. Homenaje a Antonio Parejo), pp. 319-347.

López Mohedano, J. (2001): “La Fundición de Plomo: un siglo de la historia industrial peñarriblense”, Crónica de Córdoba y sus Pueblos, VII, pp. 215-234.

Lozano Martínez-Luengas, A., Lozano Apolo, G. (1996): “Antiguos entramados de fundición”, Actas del Primer Congreso Nacional de Historia de la Construcción, pp. 337-343. Madrid.

Polonio Armada, J. (2015): Las sinapsis del poder en una sociedad pequeña y cerrada. El caso de Montilla (1902-1975)”. Córdoba.

Romero-Carrillo, P., Dorado-Vicente, R., Torres-Jiménez, E., López-García, R. (2015): “Patrimonio industrial inmaterial relativo a “150 años de fundiciones en Córdoba”: una propuesta para su difusión basada en la creación de una ruta urbana dotada de códigos de respuesta rápida y el uso de dispositivos móviles”, DYNA, 90 (5), pp. 469-474. DOI: https://doi.org/10.6036/7292

Varios Autores (1993): 25º aniversario del Instituto de Formación Profesional. Montilla.

Hemeroteca Digital de Diputación de Córdoba: BOP histórico. https://www.dipucordoba.es/archivo/bop/files/listado.html

 

Fuentes

[1] Sobre la fundición en Córdoba, según testimonio de Félix Martínez en el portal web “Cordobapedia”:

En https://cordobapedia.wikanda.es/wiki/Fundiciones_de_Córdoba

[2] AMM. Actas Capitulares, Acta de 22/08/1932

[3] id. Acta de 09/12/1918

[4] AMM, Padrones Fiscales. Legajo 514ª, Exp. 6. Padrones de Vehículos. 1928

[5] Los apellidos de este empresario aparecen en algún documento oficial como “Olmedo Armengol”, tratándose probablemente de un error de transcripción o de una errónea lectura por parte de algún funcionario. En todo caso, no cabe duda de que se refieren a esta misma persona.

[6] El Código de Comercio, aprobado en 1885 y vigente a día de hoy, con sus lógicas adecuaciones, exigía a las sociedades colectivas la indicación de su forma social o abreviatura “SC” o “SRC”, siguiendo a la denominación social “en la que figurarán necesariamente el nombre y apellidos, o sólo uno de los apellidos de todos los socios colectivos, de algunos de ellos o de uno solo, debiendo añadirse en estos dos últimos casos la expresión «y compañía» o su abreviatura”. Del mismo modo, “no puede incorporarse a la razón social el nombre de una persona que no pertenezca a la compañía ni mantenerse el nombre de un antiguo socio” (Artículos 125 y ss. Real Decreto de 22 de agosto de 1885, por el que se publica el Código de Comercio).

Sirva este párrafo legislativo para aclarar los diferentes traspasos que sufrió el taller de fundición y justificar cómo los hemos deducido a partir de los anuncios publicitarios en cada etapa de la empresa.

[7]AMM Actas Comisión Permanente, Acta de  CP 27/07/1944

[8] AMM Actas Capitulares, Acta de  13/07/1936

[9] id. 11/05/1935

[10]id. 28/02/1941

[11] “Inauguración”, El Vitivinicultor Montillano, 1-1-1930.

[12] Ramírez Pino, 1991: 526-527

[13] AMM, Actas de la Comisión Permanente. Libro 269. Sesión de 11/08/1954.

[14] id. Libro 270. Sesión de 26/10/1955.

[15] id. Libro 272. Sesión de 29/11/1957.

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